Hoy en Bienvenido a Copenhague hablamos de dos chicas que se trasladaron a Copenhague para vivir con sus parejas y a día de hoy entienden y hablan danés, algo totalmente impensable para ellas cuando llegaron a Dinamarca.

Aprender danés es, probablemente, el rito de iniciación más intenso para cualquier persona en Dinamarca. En Bienvenido a Copenhague hemos querido profundizar en esta experiencia de la mano de Carmen (28 años, española, profesora de español) y Florencia (24 años, argentina, estudiante de psicología), dos valientes que han decidido que el inglés no era suficiente para llamar a esta ciudad «hogar».
El primer choque del danés: «Parecía imposible»
La primera vez que escuchas danés, la sensación suele ser de desconcierto absoluto. Florencia y Carmen lo recuerdan así:
«La primera vez que escuché esta lengua pensé que sería IMPOSIBLE que yo pudiera hablarla en algún momento de mi vida» — Carmen.
«Recuerdo no haber entendido nada de nada y hasta sentir una extrañeza… por momentos se me olvidaba que el inglés era su segunda lengua» — Florencia.
No nos vamos a engañar, es cierto que el camino tiene bastantes curvas. Para Carmen, el gran reto es la brecha entre lo que se lee y lo que se dice: «La escritura es un idioma y el habla es otro«. Por su parte, Florencia destaca el esfuerzo mental que supone la integración: «Lo más difícil es mantener el danés y hablarlo todos los días. Puede ser una experiencia tanto agotadora como gratificante«.
El temido cambio a inglés
Es el gran enemigo del estudiante de danés: intentas practicar y la persona local te responde en inglés. Florencia nos cuenta su técnica en el trabajo:
«Les devolvería con la misma moneda: sería yo la que insistiera en hablar danés para que fueran ellos quienes entendieran que conmigo se pueden comunicar en danés».
Confesiones y anécdotas sobre el danés
Es cierto que la pronunciación danesa juega malas pasadas y así nos lo confirman ambas protagonistas. Carmen admite que se le resisten palabras como «ordet o bordet», especialmente cuando se combina el sonido de la D y la terminación -et. Florencia, por su parte, sufre con el número siete:
«Me cuesta decir bien ‘syv’ (7)… se confunde con ‘syg’ (enfermo) o con ‘syd’ (sur)«.
Y claro, los malentendidos no tardan en llegar:
- Carmen: «Intentar pronunciar una palabra mil veces y que te miren con cara de atontados hasta que finalmente te entienden y la pronuncian EXACTAMENTE igual a como tú lo has hecho».
- Florencia: «Pidiendo café, pedí azúcar (sukker) pero recibí un sorbete (sugerør). Me quedé con un café caliente en una mano y la pajita en la otra pensando: ¿por qué creyó que la necesitaría?».

Carmen y Flor, amigas unidas por el danés
Todo esfuerzo acaba teniendo su recompensa
A pesar de los retos, ambas coinciden en que hablar el idioma cambia el vínculo con el país.
- Sobre la familia: «Me gusta ver que ellos pueden hablar danés sin sentirse culpables, ya que saben que puedo estar dentro de la conversación» (Carmen).
- Sobre el sentimiento de pertenencia: «Desde ir al supermercado hasta entender las conversaciones de un grupo de jóvenes borrachos en el metro… siempre me ayudó a sentirme un poco más integrada» (Florencia).
Para los recién llegados
Si acabas de llegar a Copenhague, Florencia te deja este mensaje:
«Relájate, toma asiento y disfruta del viaje. Dinamarca no es un país para venir a estresarse ni trabajar 280 horas… es un país para venir a entender su estilo de vida y adaptarte«.
Y como dice Carmen, cuando te canses de estudiar, recuerda que siempre puedes recurrir a la palabra favorita de todos los daneses: «Selvfølgelig!» (¡Por supuesto!).
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